16 de mayo 2014
La Mosquera
Azuébar-Almedíjar-Azuébar
Eran ya las cuatro y media de la tarde, la hora planteada para la salida.
Catorce esforzados ciclistas vestidos con el maillot oficial de la peña
aguardábamos, inquietos, la llegada de la furgoneta que nos tenía que llevar
hasta Azuébar. Tenemos, por sorpresa, una furgoneta, pero la de Tono no
llegaba. Tratándose de Tono, seguro que tendremos que esperar. No es la
puntualidad su mayor virtud. A pesar de conocer esto, la gente empieza a
ponerse un poco nerviosa. Es normal. Todos tenemos ganas de empezar pronto esta
clásica ruta que tanto nos gusta y empezamos a buscar planes alternativos. Se
oyen varios: Doncs jo vaig a pel meu cotxe i fem marxa… Pujem les bicicletes a
l’altra furgona i mogam!!! Pero como siempre, en el último momento llega Tono.
Tranquilo y sin inmutarse. Tenía una buena razón; acababa de salir del trabajo
y ha tenido que comerse las lentejas ya conduciendo. En un plis-plas subimos, o
mejor, amontonamos las bicicletas. Al final no caben todas, así que tenemos que
utilizar la otra furgoneta que trae Miguel. A las 16:50 salimos de Rafelbunyol
rumbo a Azuébar. En dos furgonetas y tres coches vamos Jose María, Jesús, Tono,
Miguel, Candi, Joano, Enrique, Tico, Soro, Orchillés, Bernardo, Nacho,
Santiago, Salva y Juanjo. Para algunos será la primera ocasión en la que
disfrutarán de esta emblemática ruta.
Al llegar a Azuébar, aparcamos donde solemos, junto al Hotel Espadán, justo
antes del casco urbano. Allí buscamos al dueño para que nos prepare la cena de
rigor. Vana esperanza!. Por razones que no llegamos a entender, no pueden
atendernos así que tendremos que buscar una alternativa. Ya veremos…
Antes de empezar la ruta, el tío Jose María nos hace un regalo para la ruta
de hoy. Nos ha preparado unas mosquiteras artesanas que provocan … opiniones
diversas entre el personal. Al final, sólo el mismo Verí se la acopla al casco.
Nos augura un “ja voreu quan tingau les rantelletes al nas!!!”. Y es que el barranco de la Mosquera es famoso
por unas minúsculas moscas a las que les encanta amenizar la ruta de los que
por allí pasan.
Empezamos la ruta dejando el pueblo a nuestra derecha. Tras un corto tramo
por la CV-230, nos desviamos por una pista a la izquierda. Alguien se lleva los
primeros gritos: per qué vas el primer
si no saps la ruta!!! No será la última vez que oiremos esta frase.
Empezamos a subir por una pista en muy buen estado; vamos a buen ritmo. Pronto
nos adentramos en las zonas boscosas del barranco de la Falaguera hacia la casa
de la Mosquera. A nuestro alrededor, los
alcornoques van apareciendo cada vez con mayor frecuencia. Su espectacularidad
nos arrebata. Qué magníficos son estos árboles y cuán sabias las personas que
generación tras generación han sabido cuidarlos y engrandecerlos. Esperemos que
esta tradición de explotación racional del bosque perdure mucho tiempo en
nuestra sierra de Espadán. A pesar de lo encantador del paisaje que nos rodea,
no podemos relajarnos. El grupo tira con fuerza. Nadie se queda demasiado atrás pero
tampoco nadie puede seguir al grupito de cabeza. Bernardo, Miguel,
Candi, Quique y Tico van a un ritmo fuerte y seguirlos se convierte en un
empeño difícil.
Ir por este barranco en bicicleta es
divertido pero los continuos toboganes te exigen al máximo. Más de uno pone pié
a tierra, incapaz de encontrar el lugar adecuado para superar alguna rampita.
¿Quién?, pues yo mismo para que veáis que no escondo ninguna debilidad. Pero vi
a otros que no mencionaré… (de momento). Lo que no aparece, para nuestra
sorpresa, son las cansinas moscas. Es un consuelo, sobretodo, porque así no
tendremos que oír aquello de “Ja vos ho deia jo!!!”.
Al finalizar el tramo del barranco visualizamos la casa de la Mosquera, o
mejor lo que queda de ella. Se trata de una casa grande, de planta cuadrada y
tres plantas. La casa se utilizó por aquellos que se dedicaban a la extracción
de la corteza del alcornoque (surera). En sus tiempos de esplendor, tuvo que
haber sido preciosa. Ahora no queda mucho más que las paredes exteriores. El
interior está destrozado. Un cuadro de
cerámica que estaba en la pared de la segunda planta se lo llevaron con una
piqueta. Alguien debería preocuparse de recuperar este patrimonio etnológico en
ruinas!!! Tono y Soro son los últimos en llegar. Se han detenido en la pequeña fuente que se
encuentra en la parte baja de la casa, junto al barranco. Algunos previsores
comen alguna cosilla para reponer fuerzas.
“Va, fem una foto”. Pero esta vez es una foto mas original que la habitual.
Nacho (por cierto hecho un figurín, el tio!!!) se encarama a la primera planta
y desde la miniplataforma del antiguo balcón nos hace una foto con un
perspectiva singular. Medio grupo al sol y otro medio a la sombra pero aún así
sale una buena foto.
De nuevo en marcha; volvemos unos metros hacia atrás y tomamos la pista que
sale a la derecha. La pista constituye una atalaya perfecta que nos permite
gozar de una vista completa del barranco desde la parte superior de la montaña.
En pocos minutos llegamos a la carretera que nos lleva al alto de Almedijar. La
tarde está ya en sus postrimerías; no hay viento y se respira una paz
difícilmente descriptible. Una luz amarilla, muy cálida, acaricia la ladera de
la montaña por la que asciende la carretera asfaltada. Ningún coche, ningún
ruido mas allá de nuestros jadeos o de nuestras conversaciones.
La idea inicial es alcanzar una pequeña senda que sale a nuestra izquierda,
por el kilómetro 13, pero los guerreros piden más, así que decidimos seguir pedaleando unos
minutos más subiendo hasta llegar a la cima. Soro propone hacer la bajada hasta
Aín. y por Chóvar, volver a Azuébar.
Pero este grupo es fiel a las rutas previstas y no cambia fácilmente.
Volvemos carretera abajo hasta encontrar la senda. La miramos, … nos
miramos. ¿Quién sale primero? Los guerreros!!! La senda es estrecha y densa con
grandes matorrales a izquierda y derecha donde se engancha continuamente la
bicicleta. El suelo tiene como un palmo de hojas de carrasca. Todo está
extremadamente seco. Ningún rastro del característico musgo que habitualmente
se encuentra en estas zonas de humbria. El poco que vemos. Nunca habíamos visto
esta zona tan deshidratada. Da pena y también miedo por lo que pueda pasar este
verano. Un incendio en esta zona podría ser demoledor tal y como se encuentra
el monte. Tono, Bernardo y alguno mas se lanzan a pesar de todo por la senda.
No sé cuanto trozo hicieron a pie y cuanto andando. Los cuatro últimos: Nacho,
Tico, Orchilles y yo mismo lo hicimos completamente a pie (bueno, Nacho, tu
subiste algún metro en la cabra). También te hiciste algún shelfis. Durante la
bajada encontramos muchos troncos de alcornoque desperdigados aquí y allá. Sólo
al llegar al fondo del barranco se podía
percibir el característico aroma provocado por la tierra húmeda. Por cierto la
sustancia química responsable de ese olor a tierra mojada se llama geosmina y
tiene esta fórmula molecular. Algún día os hablaré de ella.
En el fondo del barranco nos reagrupamos. Las charlas se orientan todas en
tordo a la sequedad que nos rodea. Revisamos los arañazos que tenemos como consecuencia
de los continuos roces con la vegetación. Una zarza le ha lanzado un brazo de
amor a Bernardo y le ha marcado la pierna por debajo de la rodilla. Nada
importante, según él.
Iniciamos un recorrido a lo largo del barranco de Almanzor. Al principio la
senda discurre a menudo sobre un muro de piedras. Algunos pasos son complicados
porque enormes rocas apenas si dejan espacio. Tras cruzar el pequeño hilito de
agua que, a pesar de la sequía, sigue fluyendo, la senda se vuelve pista ancha.
A la izquierda encontramos la fuente de Almanzor, pero está seca. No hacemos
foto y seguimos. La siguiente parada, mínima, la hacemos junto a la cabañita
del carbonero, reminiscencia de este antiguo oficio que, en Espadán, permitía
obtener los mejores carbones vegetales de carrasca vieja. Tono apunta, y Soro
asiente, que hay un calero no muy lejos de allí. Los caleros son ingenios para
transformar la piedra caliza (CaCO3) en lo que conocemos como cal
viva (CaO). El proceso necesita de un aporte de calor importante. Era la
combustión de la abundante leña de la zona la que permitía esta
transformación.
Sigo adelante confiando en el track. Llego hasta la fuente de la Divina
Pastora o del Cañar. Allí espero, pero el grupo no para en la fuente. Pocos
metros antes cogen la subida que se enfila ladera arriba. Desde abajo, en al
fuente, oigo: “Cambieu!!! Posseu l'ú i
ú!!!” Cuando se escuchan estas palabras
hay que ponerse a temblar. Grito para que identifiquen que todavía no me he
perdido y empiezo, con mucho retraso, la
subida. Esta es una rampa
hormigonada dura y larga. No tiene ningún descanso. Ver al grueso del grupo a 200 metros y
subiendo a buen ritmo desanima un poco pero hay que seguir. No los volveré a
coger hasta llegar al alto. Allí tengo que oir los reproches, merecidos como
siempre, de Santiago. Para que no me ocurra lo de antes, ahora salgo yo de los
primeros pero los fieras de las bajadas me pasan a los pocos segundos. Pero
llevar track tiene sus ventajas. Los fieras, que bajan desaforados, pierden la
ruta que tuerce a la izquierda. Ellos se dejan llevar por la bajada frenética.
Yo les grito pero sin éxito. Santiago vuelve a ponerse nervioso. “Pero, on van
si no saben el camí!!!”. El grupo principal se queda esperando que los fieras
tomen conciencia de su error y vuelvan sobre sus pasos. Llegan tras unos pocos
minutos, con los ánimos mas tranquilos. En lo que queda de ruta el grupo ya no
volverá a fragmentarse demasiado. En pocos kilómetros, que se hacen muy rápidos
por ser de bajada, volvemos a tomar el camino por el que iniciamos la ruta y
que nos lleva directamente a Azuébar. Joano está exultante y energético. Ha
podido con la ruta y está mas que satisfecho. Salva, uno de los que se
estrenaban en la ruta, se fuma un cigarrillo. También debe ser por la sensación
de haber superado el reto. Los dos se han comportado como jabatos en una ruta
que es corta, apenas 27 km, pero que tiene algunos puntos exigentes. Ha faltado
seguramente culminar la ruta subiendo a la roca perforada pero se ha hecho un
pelín tarde.

Una vez en los coches nos cambiamos de ropa y tomamos la decisión de volver
a Rafel para cenar. Cena en casa
Bendicho; sepionet para casi todos. Bueno Verí se casca media cabeza de
cordero. El gran Verí nos suele sorprender con este tipo de salidas. Esta
vianda da lugar a una reprimida
conversación sobre las excelencias del ojo de cordero que no reproduciré
ahora para no dañar la sensibilidad de nadie; bastante maltrecha quedó en la
cena. Esto de compartir mesa después de una ruta es costumbre que no debemos
perder. Nos permite repetir las jugadas más interesantes, reírnos de la malla
antimosquitos, hablar de política y políticos,
comentar lo seco que está la montaña, criticar a unos y a otros,
reírnos…. Pero lo importante es que contribuye a reforzar los cordiales lazos
que nos unen de una u otra manera al montar, juntos, en bicicleta. ¡Qué el
próximo año volvamos a poder gozar de La Mosquera! Espero que los que no habeis
podido venir, tengáis con este pequeño resumen, una ventana que os permita, de
algún modo, disfrutar de las sensaciones
que provoca esta bonita ruta.
Juanjo